La tensión crecía. Las oportunidades falladas, las que paró Neuer y el control de los alemanes en centro del campo nos hundían en el empate sin goles. La grada aplaudió cuando Xavi salió a calentar: se requería más dominio del juego. Y luego vós.

Una jugada tonta, un penal que no pitaron y las protestas de media delantera azulgrana fueron los 3 segundos de desorden que los bávaros esperaban. Llevaban toda la noche disfrazados de camaleón. Tocaban en su campo, atraían la presión local y lanzaban la larguísima lengua en pos de la espalda de algún defensa distraído por el movimiento estraño de esos ojos. Cambiaron de color conforme las fases del partido. Había llegado ese momento que empezás a detestar la tensión, otra vez no, y te abandonás un poco, lo mínimo que el frío reptil necesita para hacerte suyo, un descanso dulce.

El camaleón salivó, fijó los ojos y, viendo la mosca ocupada en otros quehaceres, dió un paso adelante para acortar la trayectoria del lengüetazo. Alves, que resultó tener aguijón, la enfrentó de caras, recuperó, esquivó un par de ondulaciones y te la dió a vós. Control, dos pasitos hacia adentro y un tiro seco y certero a ras de palo. Los camaleones son lentos cuando caminan hacia atrás. Gol de pulga.

Entonces miraste a la grada y soltaste tu rabia. Festejaste y te alabamos, tus compañeros te abrazaron y vós los abrazaste, amé mi cuidad como no lo hago nunca: a gritos, en abierto, en sinfonía con todo un estadio. Seguíamos gritando al cielo tu nombre para que nunca lo olvide y, señalándolo, vós nos miraste a todos. Te agradecíamos a vós y tu lo agradecías a Él, sentimos tu alegría y vós la nuestra, fuimos felices.

Esta mañana ví en la pantalla los abrazos que diste a tus compañeros. No entendemos, nadie entiende, cómo hacés lo que hacés con una pelota. Pero ta, sí entendemos por qué lo hacés. Gracias.

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