Un ave vuela y vós lo mirás. Lo mismo con un aeroplano. Y, aunque en este mundo extraño nos acostumbramos a los autos, los autobuses, las motocicletas y demás, basta con encontrar alguna parte tranquila para que, al poco, el movimiento vuelva a robarnos la mirada. Un resorte se dispara en nuestra mente de pre-humanos: si se mueve te lo podés comer, te puede matar o le podés hacer el amor. Quizás otras cosas. Así es como el movimiento se hace protagonista ante el mundo vegetal, ese medio inerte, previsible y aburrido: como los oficios de hoy.

Un niño corre por tu plaza con una pelota y vós se la querés quitar. Se movía. Pero te parás a tiempo de no barrerlo, al fin y al cabo es un niño que jugaba a fútbol. El fútbol, con su balón que vuela, que corre y que brinca con atributos de ave del paraíso. No como las pelotas de otros deportes, que son lisiadas, cojas como la de rugby, lentas como la de baloncesto o insustanciales como la de tenis. Y vós, ante todo, querés atrapar esa presa como lo quisieron todos los cazadores de conejos y de aves que antes que nosotros anduvieron por el mundo. Se dispara tu concepción del tiempo y del espacio, de la física de la intuición, al tiempo que te comunicás, sin palabras, con tu equipo. En el fútbol actuás sin premeditación lo mismo que lo hacen las manadas de leonas. Acechás, corrés, goleás. No hay tiempo para reflexionar sobre lo que ocurre, una acción sucede a la otra a un ritmo frenético. A veces, sin embargo, algún pelotudo se queja en el piso y se pierde la magia. Pero eso ya no es fútbol, eso es otra cosa.

El fútbol es lo único en el mundo en que algo y su opuesto pueden ser buenos, a la vez, en el mismo sentido. Ibrahimović es un gran delantero, en parte gracias a su altura, lo mismo que Messi es bueno porque es bajito. Las conducciones deshilachan las defensas lo mismo que las jugadas al primer toque y todo lo contrario, el punto medio. Incluso la personalidad que tengás puede ser buena para el fútbol, y si tuvieras la contraria también lo sería. Xavi es discreto y generoso, lo que Cristiano Ronaldo egoísta, ególatra, exhibicionista, metrosexual y acomplejado con su físico. Y con razón, basta recordar que su mujer se fue con otro todavía más musculoso. Pero esto ya no es fútbol.

Hay un cálculo, un orden, un baile de posiciones y de instantes en que la pelota puede pasar entre los rivales. Si lo pensás, el espacio ya se cerró. Es demasiado complejo como para hacerlo de antemano; el discurso futbolístico es efímero, pero los técnicos tratan de evitarlo. Parecería que los técnicos son la antítesis al fútbol vivo, al balón volador, y tampoco. Sin ellos, no seríamos más que 22 adultos detrás de una pelota cuando, en realidad, somos hermandades de cazadores persiguiendo el ave más bella del mundo por el poco pasto sobre el que todavía nos dejan correr.

Si de verdad querés saber por qué persigo obsesivamente una pelota, en la cancha o en el televisor, tengo una motivación: está viva.

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