Nací y me crié en Salto. A mis 20, había dejado medicina en Montevideo y cubierto algunos partidos de Peñarol para la Red 21, pero esta historia empieza en Madrid.

Mi papá se empeñó en que estudiase. «Si no lo hacés», decía, «siempre serás un pelotudo». Mi papá nunca tuvo otro tipo de ideas, pero no entremos ahora en ello. También pensó que sería mejor mandarme a Europa para alejarme del Estadio de Peñarol, de las fiestas de los jugadores de Peñarol, de las barras de Peñarol, de las mujeres que querían conocer a la gente de Peñarol… de vivir mi vida. Llegué a un acuerdo con él y partí a España para estudiar periodismo en la Universidad Complutense. Una cosa era mudarme a un continente sin Peñarol y otra aprender lenguas que no sirven para hablar de fútbol.

En España, pensé, compaginaría los estudios con el seguimiento del Real Madrid para la prensa argentina y uruguaya. Cagada bárbara. Si algo hay en España son argentinos hablando de fútbol. Tanteé el Atleti, pero ocurría lo mismo y además en esa época el Atlético de Madrid era un equipo de mierda que acababa de subir de segunda, Fernando Torres.

Me encontré, pues, estudiando rodeado de pibes para los cuales la universidad era una forma más de no trabajar. No atendí a los encuentros para beber calimocho (el repulsivo resultado de mezclar vino malísimo con cola) los jueves, no adulé a los profesores, no me acosté con mis compañeras de clase: gritaban demasiado. Paseé solo por el campus pensando en si volver o irme a otro lugar, entré por una puerta entre unos setos y di con el recinto del Campo Central de Ciudad Universitaria, sede de la selección española de rugby, que cuenta con pistas de voleibol playa, una pista de atletismo vieja, céspedes agradables, una cafetería, pista de baloncesto, la piscina en la que nadan las mujeres mas bellas de Madrid y rocódromo de libre acceso para los estudiantes además del estadio central de rugby. Probé con la escalada.

Al poco, tenía nuevos amigos que me hablaban de equilibrios, estiramientos, maniobras de seguridad y, sobre todo, lugares con altísimas paredes de roca a les que daba el Sol por la mañana o por la tarde. Una cosa lleva a la otra y empezaron las salidas a Patones, a San Martín de Valdeiglesias, Torrelodones y la Pedriza. Resulté ser un escalador de extremos: fortísimo de brazos y capaz de superar desplomes con buenos agarres a la vez que equilibrista de pies, bailarín en la Pedriza. Conocí mujeres, me endurecí, adelgacé y quise más. La vida, de golpe, era una ascensión. Nací en un país plano, fuí a una ciudad mesetaria, los fines de semana escalaba o caminaba por las montañas próximas. Vivir era ascender a montañas más altas. Y fui de Erasmus a Grenoble: ciudad alpina.

En Grenoble olvidé el fútbol y seguí con las ascensiones. Conversaba sobre cuerdas y arneses, entrenaba subiendo con garrafas llenas de agua en la mochila y bajando corriendo, una vez vacías. Subía a todas las cumbres de alrededor, solo o acompañado, lo más rápido que podía. Meaba desde la cumbre hacia el valle, gritaba fuerte, el diafragma me daba golpes para que respirara. Y seguí subiendo. De pronto la encontré, mi cumbre: Cécile.

Cécile tiene los ojos verdes más bellos del mundo y la sonrisa de las alturas. Franca, alegre y fuerte. Su padre había muerto en un accidente de alpinismo y ella, pese a todo, dedicaba toda su alma a seguir su camino. La conocí en una discoteca y no me prestó la más mínima atención. Las dos amigas con las que iba me solicitaron y todas mis conocidas me acechaban pero Cécile fue inmediatamente la cima de mi ascensión, y esta no es una cuestión menor. Intentar otra es fracasar y yo llevaba una línea claramente ascendente, no habría segundos platos; Cécile estaba allí lo mismo que el Everest para George Mallory. Así que, durante meses, entrené más duro para subir más alto, más fuerte, más rápido, más macho. Me bronceaba el sol, me refrescaba la nieve, limpiaban mi espíritu la lluvia y el viento. Leí filosofía, hice gozar a todas las mujeres que pude y afiné el humor. Finalmente, en mayo, tuve la ocasión de escalar con ella.

Fuimos con un grupo de amigos de viaje a les Calanques: acantilados de caliza blanca que encierran porciones de Mediterráneo y de jardines que, si no fuera por la marabunta de turistas, serían secretos. En la primavera septentrional madura, les Calanques estaban en flor y yo estaba listo para el amor. El primer día de viaje me saqué a dos chonis de encima, el segundo llevé una gorda al hospital y al tercero fuimos, Cécile y yo, a subir una pared de 200m. Equipó ella el primer tramo, como guiándome al paraíso. Nos cambiamos de rol varias veces: a veces iba yo delante y la esperaba un poco más arriba, a veces al revés. En los puntos de reunión, cuando nos encontrábamos, no había contratiempos; era nuestra particular danza del amor, danza escalada, Patrick Berhault.

Pocos metros antes de las cimas, cuando ya son asequibles, miramos abajo y nos damos cuenta de la situación, es entonces cuándo puede aparecer el vértigo. Lideró el último tramo, cómo abriéndome las puertas del cielo, ni rastro de vértigo. La seguí fascinado. Cuando me faltaban sólo tres metros de ascensión se asomó; aquellos bellísimos ojos y la franca sonrisa eran, sin duda, la entrada del Olimpo. Enseguida la alcancé, me sacó una foto de rigor y empezó el descenso inmediatamente. La seguí como pude. Se baja mucho más rápido de lo que se sube.

Desconcertado, esa noche me aparté del campamento y me masturbé antes de volver con Cécile y los demás. Ya no subía, observé. Y percibí el acecho de Gastón. Gastón el borracho que jamás quiso subir, el pelotudo de las bromas malísimas que ella no dejaba de reír.

Días más tarde, en una fiesta, bebí y encontré el valor para hablar con mi diosa: «Cécile, tenés los ojos más bonitos que ví jamás, dejá a este pelotudo y vendré contigo donde vos digás. Subiré cualquier montaña, cocinaré para vós, te daré masajes, te haré madre y daré mi vida por nuestros hijos, casáte conmigo.» No funcionó.

Los últimos días que pasé en los Alpes me aburrí. Sólo oía hablar de cuerdas, vías, mochilas, botas, piolets, refugios, técnicas, chaquetas técnicas, mapas, meteorología… Había cambiado todas las conversaciones sobre la garra de un u otro jugador, sobre la inteligencia del 10 clásico, sobre la necesidad de dar pelota a los demás, sobre el fútbol y la vida, por un insípido manual de instrucciones de técnicas de montañismo. Hice las maletas y volví a España, justo a tiempo para instalarme en Barcelona unas semanas antes de que Pep Guardiola fuese nombrado entrenador del Barça, y me han apasionado todas las conversaciones que he tenido desde entonces sobre el deporte rey. La vida no es subir, la vida es dar y recibir pelotas, pelotazos y coces sin olvidar la portería.

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